Recomendaciones del tejedor: A Roma con amor

A la espera de una nueva entrega de sus erráticas aventuras, El tejedor recomienda un film:

Comienza el film y vemos los inconfundibles títulos de crédito con la invariable tipografía. Habitualmente, entre tanto suena un tema de jazz al estilo dixieland/ swing. Esta vez oímos Nel blu dipinto di blu, y no cualquier versión, sino la interpretada por Domenico Modugno: la versión original, la más difundida. Si no he contado mal, de esta pieza suenan dos versiones más durante el film, una de ellas como cierre. Este envoltorio sonoro dice poco del film, pero es sintomático: Woody Allen no esconde el carácter estereotipado, superficial, de su visión de Roma, de Italia. Cuando el envoltorio sonoro lo sirve una de las canciones más populares del país, uno ya sabe a qué atenerse. De hecho, posiblemente sea una de las selecciones musicales menos inspiradas de su filmografía.

Sin embargo, aunque el plató, Roma, esté prácticamente omnipresente, poco importa que transcurra allí o en cualquiera de las otras ciudades que han patrocinado otros de los films de su gira europea. El lugar es intercambiable, porque por las calles romanas desfilan sus archiconocidos arquetipos, esos personajes que tan familiares le resultarán a los seguidores del director neoyorquino y a los que les ocurren peripecias ya conocidas. Es una visión turística, el autor lo reconoce, pero tampoco ha retratado nunca una visión realista de su querida Manhattan y eso no impide que haya filmado obras esenciales de la historia del cine.

Volvamos al inicio. Tras un poco sofisticado gag inicial, la cámara nos lleva hasta un policía que acto seguido se convierte en narrador. Así es como conocemos al resto de personajes que protagonizan cada uno de los episodios que conforman A Roma con amor. Antes se habría molestado en darlos a conocer con su brillante manejo del guión [véase Hannah y sus hermanas]. Ahora ya no parece estar por la labor y lo resuelve con la voz en off, que directamente nos dice quién es cada uno y qué relación guardan entre sí. Más sencillo, sí, pero también más pobre narrativamente. De nuevo, como la canción inicial, es un síntoma del nuevo estándar de calidad con el que se contenta Woody Allen. El descuido estético, por otra parte, es una constante: muy lejos quedan las cuidadísimas fotografía y encuadres de Manhattan, por ejemplo.

Durante todo el film tiene uno la sensación de estar ante las historias que se quedaron fuera de sus grandes películas. Esas que en sus más inspirados años hubieran como mucho acabado en uno de sus relatos escritos, pero que ahora da por válidas a falta de mejores ideas.

A Roma con amor es una obra de reciclaje. La galería de personajes está recuperada de films anteriores: la prostituta, interpretada con el oficio habitual por Penélope Cruz (Poderosa afrodita); el estadounidense que acude a Roma por trabajo y aconseja sentimentalmente a una versión joven de sí mismo, espléndidamente interpretado por Alec Baldwin (Sueños de un seductor); y luego dos personajes perennes en su cine, el que se reserva para sí mismo, un profesional fracasado (otras veces era un escritor, un guionista de televisión, un director de cine, aquí es un dramaturgo); y la irresistible mujer intelectual, pasional y alocada, que hace acto de presencia en prácticamente cada uno de sus guiones (Diane Keaton en Manhattan; Scarlett Johansson en Match Point; Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona…).

Son los personajes de siempre viviendo las historias de siempre. Y uno está dispuesto a aceptar esta repetición si lo que obtiene a cambio es una sucesión de inteligentes diálogos y buenos chistes. Lástima que aquí se contente con unas pocas ocurrencias ingeniosas y que varios de los episodios sean tan poco atractivos: el dedicado al famoso repentino es particularmente desafortunado. Además, esta vez no se contenta con copiarse a sí mismo, pues se apropia, de manera poco inspirada, de la premisa de El jeque blanco, la ópera prima de Fellini.

Es una obra menor, de las que un cinéfilo poco interesado por el estadounidense puede saltarse sin remordimientos. Para los ya convencidos, en cambio, será un placer. Efímero, del que dudo que alguien salga entusiasmado, pero un placer igualmente. Al fin y al cabo, aunque desigual, es una eficaz comedia.

Además, imagino que no seré el único que acepta una menor calidad de su cine si, a cambio, tenemos una nueva película de Woody Allen cada año. Siempre puede uno visionar de nuevo Desmontando a Harry y disfrutar así de su habilidad para manejar films episódicos.

Nota: cualquier largometraje es aconsejable verlo en versión original. No obstante, este es uno de esos films rodados en varios idiomas en los que el doblaje resulta especialmente ridículo: si la ves doblada, tendrás que padecer el sinsentido de oír a personajes hablando mal la lengua en la que todos hablan: en el original es un italiano hablando mal inglés, en la versión doblada, es un italiano hablando mal el español, lengua que, sin embargo, ¡dominan los estadounidenses! En fin, dejemos el surrealismo para Dalí y Breton.

Otras recomendaciones:

 Los idus de Marzo.

 El artista y la modelo.

 Ed Wood.

 Blancanieves.

 Le Havre.