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Era inevitable y finalmente ha ocurrido: me he creado una cuenta en Ravelry, la mayor comunidad de tejedores del mundo. De hecho, posiblemente sea también la más numerosa del multiverso, aunque seguida muy de cerca por Ravellini, la comunidad tejeril del Planeta de Agostini.

Ya he subido los proyectos que os he ido relatando en El diario del tejedor y he dejado listo mi perfil, de modo que podéis mandarme solicitudes de amistad pues yo con mucho gusto las aceptaré. Sólo si queréis, claro. Pero por favor, hacedlo, que eso de tener pocas amistades en las redes sociales está muy mal visto. De lo contrario tendré que hacerme un amigo imaginario:

-    Hola, ElTejedor.
-    Hola, amigo imaginario.
-    He visto tu último proyecto.
-    ¿Ah, sí, y qué te ha parecido?
-    Hombre, no está mal, pero no es mi estilo.
-    ¿No te ha gustado?
-    Pues no, no mucho. Me parece poco original y se nota que te has saltado más de un punto.
-    Es que soy principiante.
-   Llevas un año siendo principiante, por lo que veo. Además, sales fatal en las fotos, no te favorece ese corte de pelo y no sabes conjuntar la ropa.
-    Caray, para ser un amigo imaginario, no me apoyas mucho.
-    ¡Eh!, que una cosa es que yo sea imaginario y otra que deba decirte lo que quieres oír.

¿Veis?, por eso es mejor que no tenga un amigo imaginario: no consigo imaginarlo siendo amable. Y encima seguro que él acabaría por ser más popular que yo. Ya tuve un amigo imaginario de pequeño que nunca me invitaba a sus fiestas de cumpleaños y encima me quitó la novia.

Ver los ocho proyectos juntos, eso sí, ha sido una interesante experiencia. Me ha permitido observar mi evolución como tejedor durante mi primer año. Al principio el simple hecho de tejer ya me hacía ilusión y me importaba poco el proyecto en cuestión. Dejaba que Ángela me guiara. Progresivamente, en cambio, me ha sido interesando cada vez más la parte del diseño, de modo que tejer se ha convertido en el trámite que debo cumplir para verlo terminado. Al principio yo tejía enteramente los proyectos; luego mi querida profesora Ángela tejía las partes más complicadas –así fue con las dos propuestas de ganchillo, alias ‘la técnica para la que mi cerebro no está preparado’-; finalmente, en el más reciente, las manoplas pianísticas, fue ella quien tejió las prendas finales. Yo monté los puntos y empecé la faena, pero en vista del lamentable resultado delegué en ella rápidamente. En adelante, o bien emprendo proyectos más sencillos o seguiré centrándome en la parte del diseño, cosa que cada vez me atrae más.

Para terminar, debo reconocer que llevo tiempo impresionado con la cantidad de información que ofrece la comunidad y lo bien organizada que está. Además, la web es una maravilla de programación, así que debo felicitar a sus responsables. Lo único que echo de menos es mayor presencia musical. ¡Si ni siquiera existe el himno de Ravelry! Bueno, sí existe uno, aunque se creó varias décadas antes: El bolero de Ravel(ry).

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En verano del 2012 presentamos la corbata musical, un proyecto a medio camino entre la alta costura y la tradición musical occidental. Como era de esperar, fue acogida con entusiasmo entre la aristocracia europea. De hecho, fue rápidamente adoptada por la Orquesta Filarmónica de Berlín, que realizó así su primera modificación en el uniforme oficial en 82 años: la anterior fue el controvertido uso de la falda escocesa, rápidamente abolida por el nacionalsocialismo tras su llegada al poder en 1933, al considerar que los músicos no transmitían una imagen lo suficientemente aria. Además, causó sensación en el último Concierto de año nuevo en Viena, donde no hubo un solo joven casadero que no la luciese. Finalmente, inspiró una nueva colección de complementos de Dolce & Salada: una edición limitada de lujosos bolsos, cada uno de los cuales lleva bordada una nota extraída de la partitura de “Mirando al mar”.

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En vista de la acogida, decidimos prolongar la relación entre los mundos tejeril y musical con las manoplas pianísticas. Son lo último en punto de camuflaje (o punto camaleónico), técnica que consiste en mimetizarse con el entorno mediante prendas tejidas. Por lo visto fue usada por primera vez en plena Guerra Fría, cuando un espía ruso logró pasar desapercibido en La Casa Blanca llevando un jersey con el rostro de Ronald Reagan. No sólo burló las estrictas medidas de seguridad, sino que durante los tres meses que tardó en descubrirse el fraude el espía ruso firmó varios decretos, almorzó con los padres del verdadero presidente y fue requerido para pronunciar discursos televisados en dos ocasiones. No fue la calidad del jersey de camuflaje la que levantó sospechas, sino su total desconocimiento del inglés. Claro que esto último tardó en ser advertido dado que, según aseguraron sus consejeros, “tampoco a Reagan se le entendía mucho”. En cualquier caso, debido al éxito de la misión, se instauraron cursillos obligatorios de punto en la KGB, cosa que obligó a la CIA a contraatacar con clases de patronaje y encaje de bolillos. No tardaron en verse por Moscú a agentes estadounidenses con trajes de lagarterana elaborados por ellos mismos.

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Al compositor Robert Schumann –y esta sí es una anécdota real- se le ocurrió la enfermiza idea de atar un dedo de su mano para entrenar la independencia de sus dedos y llegar así a ser un virtuoso pianista. Lo único que logró fue paralizar su mano, cosa que truncó su carrera pianística. Pues bien, para que esto no le ocurra a ningún otro pianista con ínfulas de grandeza, llega el revolucionario método de las manoplas pianísticas. Ya no es necesario preocuparse por la independencia de los dedos: las manoplas se encargan de mantener el dedo gordo separado. Es cierto que reducen sensiblemente la precisión interpretativa, ¿pero qué remedio no tiene efectos secundarios? Además, son excelentes para dar conciertos al aire libre en invierno o para tocar los clusters de las composiciones de Béla Bartók o Aaron Copland. Pero eso no es todo, pues son imprescindibles para interpretar una de las menos conocidas obras del experimental John Cage: su Sonata en Re menor para piano, violín, fagot, manoplas de punto, aguja lanera y turrón de huevo. Grandes músicos han fracasado al estrenar esta compleja pieza por no disponer de las manoplas adecuadas o no mezclar la pasta del turrón todo el tiempo necesario. Al menos ya hemos puesto remedio a uno de los dos principales obstáculos.

Una vez explicada la génesis del proyecto, debo dar las gracias a Ángela, dado que, como de costumbre, sin ella nunca hubiera sido posible su realización. Reconozco que volver al punto, la técnica con la que comencé este diario, ha sido un alivio, pues el ganchillo me hace pensar que padezco algún tipo de dislexia no diagnosticada. Pero claro, tejer con varias agujas de doble punta sigue siendo una asignatura pendiente, cosa que comprobé con la famosa ‘gorroina’.

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Datos técnicos:
Lana: Katia Andes. Colores: negro y blanco.
Otras lanas equivalentes: Abuelita Merino Worsted, Abuelita Baby Alpaca Merino o Abuelita Silk Merino.
Agujas de doble punta: 3.50 mm

Música escuchada durante la realización del proyecto:
A Love Supreme, de John Coltrane.
Hot Buttered Soul, de Isaac Hayes.
Sonatas Para Violin Y Piano, de Camille Saint-Saëns.
Searching For Sugar Man, de Rodriguez.

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collagediario

El diario, que cumplió su primer aniversario en Enero del 2013, es una sección de humor. La protagoniza un personaje basado en mí, por supuesto, pero sigue siendo un personaje. Lástima que en ocasiones ambos se confundan más de lo que me gustaría. Pues bien, esta vez permitidme que exponga una serie de reflexiones algo más serias sobre qué ha supuesto para mí aprender a tejer. No os preocupéis, la comedia está reservada para el final.

Lo más importante de aprender punto y ganchillo es que me ha aportado una muy efectiva cura de humildad. No hay nada como intentar hacer algo para apreciar el valor que tiene dominar una técnica. Pienso, por ejemplo, en una persona, de mi familia, cuya valía yo no supe apreciar como debía. Quizá no destacaba por su capacidad intelectual –tampoco recibió una buena educación-, pero era particularmente buena haciendo punto, ganchillo y, sobre todo, bordando. Realizó proyectos que yo posiblemente nunca seré capaz de replicar siquiera. Lástima que ya no esté viva para que pueda decírselo.

Tuve un profesor que decía que aprender era como ponerse unas gafas nuevas, es decir, mirar con otra lente. Él ponía el ejemplo de aprender a conducir, explicando que una vez obtienes el carnet, cuando subes a un coche, aunque sea de copiloto, ya no vuelves a estar como antes: te fijas en el resto de coches, en las señales, en los semáforos… Algo similar me ha ocurrido con el mundo tejeril. De pronto, es como si a mi alrededor se hubieran multiplicado las prendas tejidas. Las veo en todas partes: en la calle, en el cine, en las portadas de discos, en la publicidad… Supongo que han estado ahí siempre y yo no las veía. Pero claro, ahora llevo gafas tejeriles. Y no, no me refiero literalmente a gafas tejidas. Aunque ahora que lo pienso, no sería mala idea eso de llevar monturas de punto. Pensad en la de conversaciones que propiciaría:

-    Anda, llevas gafas. ¿qué es, miopía?
-    No, es punto de arroz.

Pero eso no es todo. En ocasiones me ha ocurrido que, al ver una chica atractiva, me acabo fijando en el tipo de punto de su jersey, su bufanda o cualquier otra prenda.  Claro que también me sigo fijando en el escote: mi vida ha cambiado, pero sigo siendo primario en muchas cuestiones. Eso sí, se me han escapado comentarios como “qué jersey más bonito llevas”  o “me encanta ese gorro”. Y menos mal que tengo novia, porque esa no es la manera más eficaz de ligar. Imaginad la siguiente escena protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman:

-    Muñeca, llevo un rato mirándote y no he podido evitar acercarme a ti.
-    Oh, ¿y a qué se debe, a mi mirada, a mis rasgos perfectos de belleza sueca?
-    No, no, nada de eso, son las trenzas de tu jersey.
-    Ah, te has fijado.
-    Ya lo creo. Me fascinan esos ochos y esa combinación de colores me gusta más que un whisky con soda.
-    Es lo último en intarsia.
-    ¿Qué hace un jersey como el tuyo en un sitio como este? ¿Qué te parece si subimos a mi habitación, querida? Tengo agujas y madejas de Wetterhoff.
-    Dicen que soy irresistible tejiendo del revés.
-    Ardo en deseos de comprobarlo.

(A la mañana siguiente, en la puerta de embarque de un aeropuerto)

-Oh, Humphrey, es increíble cómo manejas la aguja, has dado con el punto toda la noche.
-A mí nunca se me ha escapado un punto.
-¿Volveré a verte? Nunca he conocido a nadie que aguante tanto tiempo sin perder tensión.
-No lo sé, tenemos que separarnos. Tienes que subir a ese avión para comprar más lana. Ni siquiera pudiste terminar el chal que empezaste anoche.
-No quiero ningún chal si no lo tejo contigo.
-Escúchame, si no subes a ese avión, lo lamentarás. Tal vez no hoy, ni mañana, pero sí en cuanto veas un nuevo patrón en Ravelry y no tengas con qué tejerlo.
-¿Pero qué será de nosotros?
-Siempre nos quedará Paris.
-Querrás decir París, con tilde.
-No, Paris, el color de Abuelita Yarns. No lo teníamos, lo habíamos perdido, pero lo recuperamos anoche.
-Es verdad, estaba debajo de tu mesita.
-Ahora, déjame y cómprate las madejas más bonitas que veas en La Maison Bisoux.
-Está bien, lo haré por ti, por nosotros. Ya que no puedo sentir tu calor, al menos sentiré el de una manta tejida a mano con Super Bulky.

Qué pena que este final alternativo de Casablanca nunca se exhibiera en los cines. Tampoco acaban juntos, pero sería inolvidable la escena en la que él dice “téjelo otra vez, Sam”.

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Diario de un tejedor nació en Enero del 2012 para documentar las andanzas tejeriles de quien esto escribe. Fue un éxito desde el inicio, seguramente por la (relativa) novedad de que un chico aprendiese a tejer y, ya puestos, lo contase. Trece meses después ha llegado a las quince entregas. Ya no publico al ritmo del principio, pero mis aventuras con el punto y el ganchillo aún no han concluido. De hecho, dentro de poco más de una semana seguramente esté listo el siguiente capítulo. Antes, eso sí, propongo este alto en el camino para quien se haya incorporando a la historia recientemente pueda descubrir los capítulos anteriores.

Todas las entregas:

1: Reflexiones iniciales.

2: Presentación.

3: Primera clase.

4: Mi primera reunión de Alhambra Knits.

5: Mi primer proyecto terminado.

6: Semana tejeril.

7: Mi primera bufanda.

8: Dos semanas tejeriles.

9: Mi primer gorro.

10: He decidido dejarme bigote.

 11: La corbata musical.

 12: Mi primera clase de ganchillo.

13: Los posavasos manchados [Incluye patrón].

14: Mi profesora.

15: Disfraz de judío ortodoxo [Incluye patrón].

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Esto es algo que siempre he sospechado: parte de mis antepasados provienen de judíos. O eso o la genética ha sido muy caprichosa con mi nariz. Sí, está bien, admito que es pura especulación. Nunca he realizado un estudio ni me interesa lo más mínimo saber la verdad.  Sin embargo, no es del todo improbable teniendo en cuenta que en España hubo una importante población judía hasta hace no muchos siglos.

Esa sospecha, unida a mi amor por el cine de Woody Allen, provocó que disfrazarme de judío ortodoxo se convirtiese en una irresistible tentación. Lo irónico es que el ganchillo se me da tan mal que el resultado es cualquier cosa menos ortodoxo. Claro que este es el momento y el lugar de confesar que de todo el disfraz yo sólo tejí una de las dos patillas. ¿Os habéis fijado en la que ha quedado un tanto destartalada? Pues sí, esa es la que tejí yo. La que ha quedado perfecta y la kipá son cosa de Ángela, cómo no. Comprendedme, es sólo mi segundo proyecto de ganchillo tras el posavasos manchado.

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Además de mi generoso tabique nasal, yo sólo aporté la idea y los puntos erróneos, que fueron muchos. Es más, volviendo a la genética, algo ocurre en mi cerebro que me impide memorizar los más elementales movimientos. Peor aún fue recordar dónde había que hacer los aumentos. Menos mal que Ángela estaba pendiente de mí constantemente. Eso sí, cuando se fue unos minutos a otra habitación y me dejó tejiendo solo, al volver lo que vio en mis manos más que un tirabuzón parecía un rabino circuncidando a un vendedor de seguros. Y un sábado, además, cosa extraña dado que los vendedores de seguros tienen prohibido dejarse circuncidar ese día.

Exagero un poco, como de costumbre, pero al menos Ángela supo reencaminar el proyecto y que el resultado se pareciese a lo que tenía en mente al principio. Hablando de parecidos: no me negaréis que podría pasar por judío perfectamente. Me pongo la kipá y los tirabuzones y causo sensación en las sinagogas más selectas de Israel.

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Quizá alguien se pregunte cómo me atrevo a asociar ganchillo con una práctica religiosa. Bueno, sólo diré en mi defensa que me limité a seguir los diez mandamientos tejeriles. Sí, son los mandamientos que leyó Moisés después de los otros diez. Menos conocidos, son los que Yahveh -llamado así pues antes era ciego- le entregó en la famosa tienda de lanas Purl Sinaí, dado que Moisés se había quedado sin alpaca para terminar la bufanda que estaba tejiendo. Por si alguien no está familiarizado con ellos, los reproduzco aquí:

-    Amarás al ganchillo sobre todas las cosas.
-    No pronunciarás el nombre de Ravelry en vano.
-    Santificarás los patrones.
-    Honrarás a tu ovillo y a tu aguja.
-    No te saltarás los aumentos.
-    No perderás la cuenta de los puntos.
-    No empezarás sin haber realizado la muestra.
-    No dejarás proyectos inacabados.
-    No esperarás que los errores se corrijan solos o “no se noten”.
-    No codiciarás los proyectos ajenos.

Sí, casi todo son prohibiciones, pero nadie dijo que el ganchillo fuese fácil.

Fdo.: Jacob Tadeorberg Cerverat.

Para terminar, en defensa de la igualdad, para apoyar que las mujeres que lo deseen también puedan ser judías ortodoxas, he aquí dos imágenes que demuestran que los tirabuzones y las kipás también les quedan muy bien. [Mucho mejor que a mí, dicho sea de paso].

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Patrón de la Kipá [Descarga el PDF]

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Datos técnicos:
Lana: Abuelita Merino Worsted – Chocolate [Tirabuzón].
Abuelita 3 PLy High Twist [Kipá color A].
Wetterhoff Sivilla 930 [Kipá color B].
Agujas: Clover Ganchillo Suave 3.00 mm.

Música escuchada durante la realización del proyecto:
Real, de Miguel Poveda.
Cross Culture, de Joe Lovano.
Fangnawa Experience, de Fanga & Maalem Abdallah Guinea.
Black Box, de Nicolas Repac.

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diario14

Mi diario de un tejedor, como casi todos los diarios, es un ejercicio de ombliguismo. Es la sección en la que cuento mis avances con el punto y, desde hace poco, también con el ganchillo. Es una de las series de mayor éxito del blog y una de las que más repercusión le otorgaron desde el principio, dado que, por lo visto, ha sido muy bien recibida en la comunidad tejeril. Finalmente, es la aventura que confirmó algo que ya sospechaba: que soy medio disléxico para ciertas labores manuales.

Pero mi diario de un tejedor es, ante todo, la obra de una persona: mi profesora, Ángela Gómez Ortega. Sin ella, nada de esto hubiera sido posible. Bueno, los puntos saltados, los aumentos involuntarios y los gorros que acaban pareciéndose más a una boina que otra cosa sí hubieran sido posible. En cambio, que a pesar de mis muchos y muy variados errores los proyectos salgan adelante es gracias a ella. Es más, el nacimiento del diario, esto es, que comenzase a tejer, se debe exclusivamente a Ángela.

Por suerte, he tenido muy buenos profesores. Recuerdo una profesora en primaria con la que aprender era casi un juego; otra profesora de literatura, ya en el instituto, que convertía el análisis de textos en un viaje apasionante; y mi profesora de piano, quien me hizo ver que interpretar partituras era mucho más que acertar las teclas. También mis padres, en muchos aspectos, han sido espléndidos profesores. A los buenos profesores de mi vida les debo buena parte de lo que soy, incluyendo mi nula orientación los días pares -no todo va a ser bueno-. Pues bien, desde el día en que recibí mi primera clase de punto se sumó Ángela a esa lista de profesores excepcionales.

Que sea una de las personas a las que más quiero ayuda, es innegable, pero si la considero una de las mejores profesoras que he tenido es porque se lo ha ganado. Os aseguro que lo que se necesitaba conmigo cuando aprendí a hacer ganchillo era algo más que paciencia; y que para que aprendiese a montar los puntos tuvo que ir más allá de la perseverancia. A pesar de que en ocasiones me comportase como un niño mimado, gimoteando tras cada error y exigiéndole cual déspota que me lo corrigiese al instante, ella encontró siempre la manera de soportarme, cosa que tiene mérito. Esa es una de las condiciones de una buena profesora, enseñar también a quien no parece mostrar especiales aptitudes para la disciplina en cuestión. Por otra parte, no os creáis que siempre me comporto así, el resto del tiempo soy encantador y se me dan particularmente bien los chistes malos, pero ese es otro asunto que quizá algún día trate en “diario de un contador de chistes malos”.

Y sí, más vale decirlo todo, yo tengo la suerte de que no me cobra las clases, aunque a cambio sólo tengo que fregar y barrer toda la casa, cocinar, fregar los platos, hacer la cama, cambiar las bombillas, pulir el suelo, estar de acuerdo con ella en que el color que ha elegido para su siguiente proyecto es el más adecuado y pintarle las uñas. Está bien, pintarle las uñas no tengo que hacerlo, aunque siempre he pensado que eso se me daría bien.

Por otra parte, tiene gracia que ahora sea mi profesora cuando yo asistí a sus inicios como tejedora. Asistí y padecí. Recuerdo particularmente una de sus primeras bufandas, roja, que tenía un pequeño inconveniente: soltaba una cantidad asombrosa de pelos. Quizá es que entonces Ángela no había aún perfeccionado su técnica o que mi barba era incompatible con la lana, pero aquel invierno parecía Papá Noel, sólo que con la barba roja. ¿Iba sexy? No, no iba sexy. Pero eso es amor, ponerse la bufanda-suelta-pelos-de-tu-novia-tejedora-principiante es amor. Además, no debería quejarme, que sólo tardaba un cuarto de hora en quitarme todos los restos de lana del cuello. Y bueno, sigue siendo mi tejedora favorita, aunque después de unos seis años viéndola tejer casi cada día aún no haya podido llevar ni un sólo jersey tejido por ella. Mi tejedora favorita y una de las mejores profesoras que he tenido nunca, pero eso creo que ya os lo he dicho.

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Hace algo más de un mes os hablé de mi primera clase de ganchillo, impartida por mi querida profesora Ángela. Pues bien, ahora os presento mi primer proyecto de ganchillo. Si he tardado tanto es porque, por lo visto, esta técnica tejeril se me da bastante peor que el punto. No entraré en detalles para ahorrarme la humillación pública. Sólo diré que la buena impresión de la primera clase resultó ser un espejismo y que en cuanto la cosa fue más allá de la cadeneta comencé a experimentar dificultades.

A pesar de los pesares, en mucho más tiempo del previsto y gracias a la paciencia y contribución de Ángela, ya está listo mi primer proyecto de ganchillo: el posavasos manchado. Y ahora es cuando conviene que sepáis que cuando me despierto, durante las dos primeras horas de cada día, aproximadamente, soy una suerte de zombie, un ser que carece de las más básicas capacidades motrices. Pues bien, eso provoca, entre otros desastres, que los posavasos y manteles en los que coloco mi vaso de cereales con leche acaben manchados en más casos de los que me gusta confesar.

Así es como nació mi idea del ‘posavasos manchado’. No tengo que preocuparme de que se manchen: ¡ya lo están! Y sí, una vez di con la idea entró en escena Ángela. Ella tejió el posavasos grande, el rojo, yo el pequeño y blanco. Si os mostrásemos una imagen detalle de ambos posavasos verías la diferencia entre uno y otro, y eso que varios de mis errores han sido convenientemente camuflados por la parte de arriba, la de la ‘mancha’. Porque sí, como imagináis, esa parte también la tejió ella. De modo que, más que nunca, este debería ser “el diario de los tejedores”.

Comprended que el posavasos manchado era demasiado complicado para convertirse en mi primer proyecto de ganchillo. Al fin y al cabo, teniendo una joya de tejedora en casa, ¿por qué no aprovecharla para que haga realidad mis ideas tejeriles? Además, debido a las formas tan libres de la parte que imita el líquido derramado, si lo hubiera hecho yo seguramente me habría salido un O.T.N.I (Objeto Tejido No Identificado).

Esta vez, sintiéndolo mucho, no he querido aparecer en las fotografías, dado que posar es la parte que más me cuesta de este diario, entre otras cosas porque son necesarias unas 50 fotografías para que salga bien en una. Vanidoso que es uno, para qué negarlo. Además, recientemente tuve que hacerlo para el post Por qué comprar en La Maison Bisoux, donde aparezco travestido al estilo de Johnny Depp en Ed Wood. En cambio, os dejamos con un amplio reportaje fotográfico protagonizado por los dos posavasos.

Posavasos con mancha de leche:

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Posavasos con mancha de café:

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Los dos juntos, listos para ser manchados:

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Los Patrones:

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Nota: la parte de arriba, la mancha, puedes realizarla disfrutando de eso tan preciado llamado libertad. Improvisa las formas que desees: será más creativo y gratificante.  No obstante, aconsejamos emplear punto bajo y una aguja muy pequeñita en relación al hilo utilizado. De esta forma, conseguirás que la mancha quede muy tupida y no pueda verse por debajo la parte del posavasos.

Posavasosmanchado [Descarga el PDF]

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Datos técnicos:
Lana: Abuelita Cotton.
Agujas: Clover Ganchillo Suave 4.5 mm.

Música escuchada durante la realización del proyecto:
Frank, de Amy Winehouse.
Appia Kwa Bridge, de Ebo Taylor

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Sí, ya sé hacer (un poquito de) ganchillo. Esta es una actividad tan retro y, a la vez, tan de moda, que automáticamente me convierte en un moderno. Bueno, lo sería de no ser por mi alergia a las gafas de pasta y, peor aún, porque no tengo móvil. En fin, nadie es perfecto.

Ángela tuvo a bien darme una clase de ganchillo. Dado que hasta entonces sólo había tejido punto, al principio me sentía extraño teniendo una sola aguja. Pero pronto me empezó a gustar porque la aguja, según me dijo mi querida profe, se debe coger como si se tratase de un bolígrafo. Y en eso sí tengo práctica. Ya que no he cumplido mi sueño de ser escritor, al menos puedo ser el primero en escribir mis memorias con una aguja de ganchillo. Además, -inicio espacio publicitario- me gustó tejer con las agujas Clover Ganchillo Suave, cuyo diseño ergonómico no conoce igual en el mercado, y que podrás encontrar en La Maison Bisoux, la tienda que yo siempre recomiendo -fin espacio publicitario-.

También montar los puntos me pareció más sencillo que con el punto y hacer ‘cadeneta’ no tiene mucho misterio. Pero sí, ya me ha advertido mi profe tejeril que la cosa se va complicando y que no me haga ilusiones. De hecho, siempre me ha parecido que realizar amigurumis tiene mucho mérito: supongo que para empezar me mantendré en el ámbito bidimensional.

(Recordando mi bigote tejido)

Por lo demás, las sensaciones al aprender ganchillo son muy parecidas a las que experimenté al aprender punto. Fue como la primera clase práctica de conducción, en la que te asombras de que la gente realice todos esos movimientos sin dificultad alguna cuando tú sufres severos problemas de coordinación. Volví a preguntarme cómo es posible que la gente ganchillee mientras habla o ve la televisión. Tras esta primera clase, los ganchilleros me parecen una especie evolucionada de superdotados con poderes inalcanzables. Ya iré mejorando y, por supuesto, os lo iré contando.

Por otra parte, dado que sé tejer y ganchillear, paso a formar parte del club de los ambitejedores. Sí, ya sabéis, si escribes con las dos manos eres ambidiestro, de modo que si tejes con las dos técnicas, debes ser ambitejedor, ¿no? Propongo fabricar chapas: “Ambijetedor”. Seguro que tiene éxito en reuniones familiares. Claro que no sé qué hago presumiendo de ambitejedor, pues tejo muy deficientemente con ambas técnicas. En todo caso, soy “ambitorpe”, pero de eso no tiene que enterarse nadie.

En breve, mi primer proyecto ganchillero, que ya está en marcha.

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Cuando comencé a tejer, realicé esos proyectos habituales en los principiantes: cuello, bufanda, gorro… Una vez que he cumplido con esos proyectos iniciáticos, lo que me divierte es elegir qué tejer o, mejor aún, imaginarlo. Sólo concibo el punto (y lo mismo vale para el ganchillo) como una forma de expresar la creatividad y, con suerte, de sacar una sonrisa al espectador. Así nació el bigote daliniano y, también, la cortaba musical que os presento hoy. Me divierte el contraste entre la seriedad y elegancia que se le pide a una corbata y la artesanía de la técnica con la que fue realizada. Pero no me extiendo más en este prólogo, os dejo con el ‘cómo se tejió’ y con una serie de imágenes que evidencian que posar y la fotogenia no están entre mis cualidades.

Antes de comenzar, lo mejor será confesar que tejer me entretiene bastante menos de lo que esperaba. Sí, me gusta ver el resultado terminado, pero el proceso repetitivo me aburre. Supongo que habrá a quien justamente eso le venga bien para relajarse, pero yo no lo necesito en vista de que mi temperamento es ya tranquilo. En otros proyectos, al tener que cambiar de color o tejer puntos del revés, me resultaba más ameno, aquí, al ser todo punto del derecho, sin misterio alguno, el tedio me vino a visitar pronto.

Pues bien, esta vez hice trampas. En lugar de tejer el proyecto que Ángela me dictaba, yo lo pensé y lo tejimos a cuatro manos. Un rato ella, otro rato yo. Pero claro, como Ángela es más rápida, tejí bastante menos de la mitad que me correspondía. Así que esta entrega debería titularse “Diario de dos tejedores”, “La maestra y su aprendiz” o, para ser más precisos, “Por favor, Ángela, te lo ruego, ayúdame con la corbata que se me está haciendo muy larga y ya me sale espuma por la boca”.

Pero no es necesario que hagáis un acto de fe, basta con observar atentamente la corbata para distinguir qué partes tejió cada uno. Las que están perfectas, ella; las que están repletas de huecos, que parecen agujeros negros, quien esto escribe. De hecho, los cosmólogos se han interesado por la corbata, pues los enormes agujeros resultantes crean ondas gravitacionales que podrían explicar el origen del universo.

¡Ah!, y si os preguntáis por qué está bordada una clave de Fa, y no una de Sol, la respuesta es muy sencilla: de ningún modo voy a desaprovechar la oportunidad de ser pedante. Es más, la idea inicial era una clave de Do, pero era un pelín complicada de bordar, y Ángela me convenció de que mi idea alternativa, bordar la partitura completa del concierto número 3 de Rachmaninov para piano y orquesta, no cabía de ninguna manera. Ella sabrá, que es la experta.

Por otra parte, sólo estoy siguiendo una tradición musical: Mahler nunca dirigía sin sus calzoncillos favoritos de punto; Schoenberg únicamente componía sobre los tapetes que le regalaba su tía-abuela de Viena; y entre la correspondencia de Haydn y Mozart figuran numerosos consejos sobre ganchillo.

Datos técnicos:
Lana: Abuelita CottonJaspe.
Agujas: La Maison BisouxAgujas de doble punta 18 cm.

Música escuchada durante la realización del proyecto:
Parker Street, de General Elektriks.
La Habana Era Una Fiesta.
Orbit One, de Paul Zinnard.
Swingaro, de Gypsy Y Los Gatos Rumberos.

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Harto de mi invariable aspecto de niño bueno, decido dejarme bigote. Y nada mejor que adoptar el modelo de bigote popularizado por uno de mis pintores favoritos, Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech.

-Ángela, ¿cómo se hace un bigote tejido?
-Es muy sencillo.
-¿Conoces algún patrón?
-No me hace falta un patrón, no tiene ningún misterio, ¿cómo lo quieres?
-(Tras esbozar una sonrisa de ‘orgulloso de mi novia’, sea como sea esa sonrisa) ¿Qué cómo lo quiero? Pues un bigote de Dalí.
-¿De Dalí, estás seguro?
-¿Qué pasa, tan mal crees que me va a quedar? (Silencio), ¿eh, qué dices? (Ángela sigue sin responder durante unos segundos, pero me dedica una de sus inconfundibles miradas que significan “mejor no respondo”. Yo intento que no se me note, pero en el fondo ha herido mi orgullo)

Días después, tras dejar que Ángela elija lana y agujas, me explica cómo se hace. Primero debo tejer vueltas de tres puntos (i-cord). Yo, demostrando lo atrevida que es la ignorancia, pienso que entonces no voy a tardar nada, que está hecho. Minutos después me doy cuenta del error. Cuando voy a tejer el segundo punto, invariablemente se me sale de la aguja el primero. Si trato de sujetar el punto ya tejido, se me sale el que voy a tejer. En algunas ocasiones, pocas, consigo tejer dos puntos del tirón. Ya estoy sonriendo satisfecho de mi logro cuando veo como esos dos puntos y el tercero que acabo de tejer se salen todos juntos. En momentos como esos pienso que los puntos tienen vida propia, que son duendecillos traviesos que disfrutan riéndose de mí.

Sólo son tres puntos por vuelta, cinco en la parte más gruesa. Además, es todo punto del derecho. Lo que ocurre es que las agujas son las más finas que he empleado hasta entonces y me cuesta una barbaridad dominarlas. Así que dos son las conclusiones que he sacado de este proyecto: es mejor que no me deje bigote y debo evitar los proyectos que requieran de agujas pequeñas. Aún me queda mucho por aprender. Eso sí, la única diferencia entre un tejedor experto y yo es que yo no soy un tejedor experto.

Hubo momentos de desesperación, desaliento, desánimo, abatimiento… [sí, he consultado el diccionario de sinónimos], además de los habituales ruegos para que me ayudara con esos puntos rebeldes cuyo mayor divertimento es saltar de la aguja. Incluso dice Ángela que, en pleno delirio, le rogué que me clavara una aguja Clover en el corazón para acabar con el sufrimiento. Pero al final lo logré, terminé mi bigote y se lo entregué a Ángela, que le introdujo el alambre necesario para que mantenga la forma deseada. [Así tenemos divididas las tareas domésticas, ella pone alambres en los bigotes tejidos y yo cocino].

Una vez completado el proyecto, corrí como un niño pequeño al espejo a probármelo y a ensayar caras de alocado genio de Figueres. El matiz de Figueres es lo que peor se me da. Me gusta tanto llevarlo que hasta he pensado dejármelo puesto indefinidamente. El único problema es que si me presento con este aspecto en algún control fronterizo y muestro mi actual foto de DNI, es posible que no me dejen pasar. Ahora bien, si me preguntan si tengo algo de valor que declarar, tengo clara la respuesta: todo yo (y mi bigote daliniano).

Aquí lo dejo, pero recordad que esta no es más que una parte infinitesimallllll de mi enorrrrrrme talento, y que para surrealista, yo luchando con tres puntos que no paran de salirse.

Y aquí tenéis a mi particular Gala, a la que he prestado mi bigote daliniano. Asumo que me robará todo el protagonismo, pero es lo justo en vista de que ella también contribuyó.

Datos técnicos:
Katia Capri.
Agujas de Doble Punta La Maison Bisoux – 18 cm (3.0 mm).

Música escuchada durante la realización del proyecto:
The Imagine Project, de Herbie Hancock.
Broken Bells, de Broken Bells.
Man No Die, de Bola Johnson.
The Wave, de Alex Malheiros y Banda Utopia.

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[Episodio inicial]

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